Acciones que paso por alto y pueden afectar mi peso

Si después de varios intentos la báscula me lanza a la cara todo menos buenas noticias, la mente se obsesiona con el: “¿qué pasa?, ¿por qué no bajo de peso?”. O peor aún: “¿por qué estoy subiendo?”. En esos casos, puede que sea tiempo de poner más atención en detalles que uno suele pasarse por alto con facilidad:

Mi termostato. En los días de frío, el cuerpo requiere más energía para mantenerse caliente y lo típico es sentir mayor antojo de alimentos ricos en carbohidratos y grasas. La solución: calentar el cuerpo. En una de esas lo que uno necesita es cubrirse, más que algo dulce o alguna bebida caliente.

Mi escritorio. Si casi todo el día se me va sentado frente a la computadora, es muy probable que no esté muy pendiente de lo que me llevo a la boca, de las porciones ¡ni del disfrute! La solución: ¡moverse! Hay que tomar pausas con regularidad y salir a comer. Si esto no es posible, de menos dedicar un tiempito a solo comer y mirar a otro lado que no sea la pantalla.

Mi descanso. No dormir bien o irme a la cama muy tarde son archienemigos de la bajada de peso, pues alteran el ritmo de descanso y alborotan a las hormonas que regulan el apetito. Por eso al día siguiente, para poder ‘estar en todo’, recurro a alimentos azucarados que me despierten. La solución: realizar cinco comidas balanceadas al día, que mantendrán la glucosa de la sangre a raya.

Mi periodo hormonal. En las mujeres, este proceso puede hacer que me ‘gane’ el estrés y, en conjunto con la retención de líquidos y la inflamación, se descontrolen mis ganas de comer. La solución: incrementar la actividad física en los días previos, así como añadir a la dieta lácteos bajos en grasa una semana antes. Ambas cosas ayudan con los síntomas y disminuyen los antojos dulces.

Mi ánimo. Aunque parezca increíble, ser o no feliz influye en mi forma de comer, que puede ser por placer o tristeza. Si soy un glotón de emociones, bien puedo comer mucho más de lo que necesito. La solución: observar lo que siento. Si no está en mis manos corregirlo, no está de más pedir ayuda profesional.

Mi serie favorita. Irme a la cama o tirarme en el sofá para ver la serie que me trae de cabeza es delicioso, pero si de paso me llevo un montón de comida, fácilmente puedo perder la cuenta de qué y cuánto comí por el hecho de estar sumido en la historia. La solución: comer o cenar antes de ver la tele. O preparar mis alimentos sin distracciones y estar muy consciente de lo que comeré y sus porciones… Y nada más.

Mi ‘picoteo’. Si soy el amo y señor de la cocina (por aquello de ser quien prepara los alimentos), entre paso y paso puedo ‘picar’ por aquí y por allá sin enterarme de cuánto suma eso en realidad. La solución: no cocinar con hambre hace más sencillo soportar la tentación.

Mi cena. Si el tiempo me gana en todo, en una de esas la cena es la única comida ‘real’ del día. Cansancio, estrés, mal humor o la sensación de soledad pueden hacerme comer sin mirar qué, cuánto y, de paso, irme directo a la cama. La solución: desayunar, comer y cenar a mis horas, con calma, con calidad y en las porciones adecuadas. Nada de querer meter en una comida todo lo que no se pudo ingerir en el día.

Anuncios

¿Algo que quieras comentar?

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: