De cómo lidiar con la sobrecarga en el trabajo

Cuando por más esfuerzos y montones de horas extras que uno invierte, los pendientes se instalan en nuestros días, noches, fines de semana y hasta sueños… Es hora de hacer un par de ajustes para regresar a la calma. ¿Cómo qué?

La regla de oro: priorizar. Cierto, uno puede haber escuchado esto hasta el cansancio, aunque no necesariamente haber hecho caso. Pero identificar qué es importante y qué puede esperar es como un buen agente de tránsito (seguro que los hay) para guiarnos en el laberinto de cosas por hacer, en vez de dar vueltas en círculos.

Hablar con el jefe y ponernos de acuerdo. Típico: a uno le piden quién sabe cuántos reportes, presentaciones, propuestas y…todas ¡urgen! Pero en vez de simplemente recibir las peticiones y rumiar corajes en el escritorio, hay que preguntarle al jefe qué de todo ‘urge’ más, para así poder organizar la fila, delegar lo que sea posible y sacar los pendientes conforme corresponda. Hacerse el superhéroe laboral no le hace bien al cuerpo y mucho menos a la mente.

“Al que madruga…”. Si de plano por más organizado que uno sea, el día no siempre rinde, una opción es llegar más temprano a la oficina y dedicarle esas horas de la mañana a lo más complicado. Se está más fresco y con mejor disposición que por la tarde, cuando ya uno no se saca de la cabeza que debería de estar corriendo, caminando o disfrutando la tarde-noche.

Aprender a decir no. No a las distracciones. No al trabajo adicional (mucho menos si no es importante). No a convertirse en la persona que a pesar de su carga de trabajo, le dice que sí a todos. Reconocer y poner límites es un asunto de salud.

Bloquear agenda. Cuando el día conlleva una tarea muy importante, hay que asignar tiempo para dedicárselo exclusivamente; un par de horas sin distracciones, sin revisar el mail, sin correr al celular a la primera notificación; y antes de empezar, preparar todo lo necesario: café, agua, el material que vaya a usarse… La cosa es concentrarse en ella de veras. Al terminar, un apapacho en forma de masajito en el cuello o una caminata para tomar un poco de aire es ideal para recargar energía y darle a lo que sigue.

Tomar vacaciones. No hay pretexto que valga. Es un tiempo necesario y ganado. Si no hay dinero para salir a algún destino soñado, siempre es posible convertirse en turista en la propia ciudad. Un buen paseo por el parque, visitar esos museos que no se conocen, hacer ejercicio con calma, tomar sol… Que no ni que no.

Abrirse a nuevas oportunidades. La sobrecarga también puede ser señal de una falta de pasión o motivación, esas que hacen que uno viva su trabajo con amor. En ese caso, hay que plantearse la posibilidad de buscar nuevos retos: donde se está o en otra parte. El chiste es hacer algo que nos motive a saltar de la cama, no a enterrarnos en ella.

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