¡A limpiar, que llega la primavera!

Eso del spring cleaning es una costumbre extranjera (básicamente de los países con inviernos muy fríos) que dicta hacer una limpieza exhaustiva tan pronto se asoman los primeros días de calor. Pero qué importa el clima local, una buena “manita de gato” cada año no le vendría nada mal a nuestra casa, oficina o estudio (o cualquier otro lugar).

La cosa es sacar todo aquello que en vez de usar regularmente, nomás acumula polvo, ocupa espacio y, de algún modo, representa anclas del pasado. Eso sí, antes de gritar “al ataque, mis valientes” y armarse con un kit-acaba-mugre, hay que tomar algunas cosas en cuenta para no enloquecer a media limpieza (con la casa patas arriba) y querer salir corriendo:

No es un tarea fácil. Hay que tener claro que se trata de una labor que toma más de un par de horas. Vamos, si lograr ese desorden y cúmulo de cosas nos tomó todo un año (o más), depurarlo puede tomar un par de días. Aunque parece cualquier cosa, acomodar documentos, limpiar, organizar y reorganizar cada rincón toma su tiempito y energía. Además, no hay ánimo o energía que resista abocarse a esta tarea sin parar. Mejor tomarse algunas pausas.

Cajón por cajón y “check list” en mano. No por querer terminar lo antes posible va uno a ponerse la soga al cuello con tareas imposibles de realizar. Por eso, más vale hacer una lista de lo que hay que ordenar e ir de habitación en habitación (y no empezar con una hasta haber terminado con la anterior). En este caso, resulta conveniente empezar por las tareas más sencillas, pues una vez cubiertas el ánimo se mantendrá arriba y el agobio por ese estudio o cocina sin pies ni cabeza, a raya.

Suministros de limpieza. Antes de levantar cualquier cosa, hay que hacerse de todo el equipo necesario, como un auténtico profesional: desde bolsas de basura, pasando por sacudidores, trapos para cada tarea y hasta un cubrebocas o pañuelo para cubrirse la nariz del polvo. Y si el agua y el jabón no dan suficiente “poder”, hay que reclutar limpiagrasas, quitasarros, antihongos o ceras para pulir. No tener a la mano lo que uno requiere cuando lo requiere puede interrumpir la labor y provocar el terrible “mejor luego”.

¡Fiesta familiar de limpieza! No, el desorden no surge por generación espontánea, así que hay que poner a todos los habitantes de casa a limpiar. Si a la mayoría no le gusta la idea de pasarse un par de tardes deshaciéndose del polvo, organizar una rica comida y acompañarse de buena música puede contribuir a animar las cosas. Además de que se termina más rápido, las risas, los recuerdos y la compañía sirven de mucho (¿dijimos ya que la limpieza exhaustiva también implica quemar muchas calorías?).

Compartir lo que no necesito. Ropa sin usar, juguetes (casi siempre recuerdos de tu infancia), zapatos, aparatos varios… Todo eso puede irse al pensar que a alguien más le hace falta, le sirve o puede darle un mejor uso. Que el propósito de esta limpieza sea atraer buenas vibras y, de paso, poner en marcha el desapego.

¡Sin piedad! Al principio, uno está dispuesto a deshacerse de muchas cosas, pero conforme surgen los recuerdos atados a ellas, el sentimiento nos hace ‘manita de puerco’ y de pronto todo parece in-dis-pen-sa-ble. Un buen indicador para saber si decirle ¡adiós! sin más ni más: ¿recordabas tener eso?

Lo antes posteado:

Una habitación para dormir mejor

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