Para no ser una papa vacacionista

Cuando se tienen unos días de descanso enfrente y la posibilidad de echarnos el día entero en el camastro, pareciera que mantener el equilibrio de lo que comemos y cuánto nos movemos no es sencillo, pero incluso puede ser más divertido (y muy distinto a como lo hacemos de manera rutinaria) e implicar menos esfuerzo mental y físico del que creemos. Algunas ideas de qué hacer y, de paso, dormir como un lirón:

Descansar, sí, pero también pasear. Andar siempre en el ajetreo hace que la idea de no mover ni un dedo durante la vacación sea más que antojable. Está bien: de vez en cuando hay que darse chance de no hacer nada y sin reproches. A veces es necesario descansar de los madrugones para salir a correr, pero ¿por qué no dar un largo paseo (solos o acompañados) por la playa al atardecer? Es una buena forma de cerrar el día, embobarse con la naturaleza, despejar la mente y estirar el cuerpo. Otro punto a favor: la arena es un gran exfoliante para los pies.

Comer de todo y varias veces al día, en vez de zamparse el menú entero en una sentada. Dejarse ir ante un buffet es facilísimo: ver tantas opciones disponibles sí puede hacer que la mente nos juegue chueco. Una buena idea es recorrer toda la barra antes de servirse y escoger lo que realmente se nos antoja, algo nuevo o que regularmente no se tiene tiempo de preparar en casa. No está de más recordar que contamos con tooodo el día para probar otras cosas, que serán más si se come de a poco y se dan varias vueltas al comedor durante el día. Por un lado, implica moverse y, por el otro, mantener trabajando al metabolismo a buen ritmo.

Darse espacio para reflexionar. Una cosa es no querer saber nada de trabajo y otra darnos tiempo para pensar qué nos gusta y qué no, qué funciona y qué no de cómo hemos estado viviendo los días desde la última vez que tomamos vacaciones. Si para algo sirven los días de descanso es para darnos perspectiva.

Ponerse ‘místico’. ¿Quién no ha pensado en la romántica idea de hacer yoga o meditar junto al mar? He aquí el momento de hacerlo; el amanecer o el atardecer son momentos idóneos para sumarle puntos a la experiencia. Nadie dijo que hay que echarse una sesión como de instructor o sentarse horas en posición de loto. Un ratito cada día viene muy bien.

Jugar sin parar. Si se quiere agarrar color, hay que hacer lo que los niños: untarse un buen bloqueador y pasarla bomba de aquí para allá todo el día. Sobra qué hacer: una ‘cascarita’ de futbol, un partido de voleibol playero o en la alberca, jugar con un frisbee… Regularmente nunca vamos solos a la playa, así que es otra gran forma de convivir con la familia o los amigos.

Darse varios chapuzones. Para quitarse el calor y el sudor, nada como meterse a la alberca y patalear un poco, o zambullirse en el mar y sortear unas cuantas olas. Risas y una que otra arrastrada garantizada.

¡A dormir, a dormir! ¿Acaso no siempre estamos añorando poder dormir más horas y a pierna suelta? Ahora es cuándo. Después de un día de disfrutar el sol, el agua y la compañía, el cansancio se asomará puntualito. No hay que oponer resistencia: ya podremos ver tele al regresar a casa.

Lo antes posteado:

Por qué las vacaciones son necesarias 

Vacaciones sin salir de la ciudad

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