Cómo hacer las paces con tu cuerpo posparto

Así como después de tener un hijo la vida no vuelve a ser la misma, tampoco el cuerpo. La cadera se ensanchó. Quedó algo de panza. Se perdió tono muscular. Aparecieron (nuevas) estrías. El ombligo no regresó a su estado original. Se quedó algún achaque. Incluso si la báscula llega a indicar que recuperamos el peso original, nunca falta la ropa que simplemente ya no nos entra… La lista de ‘cambios’ puede ser variada y larga.

No es un proceso sencillo de transitar, pero la mejor forma de hacerlo es con amor hacia una misma. Más que nunca. A ello, mucho ayuda recordar (cuantas veces sea necesario) que ese cuerpo al que le ‘reprochamos’ no bajar de peso de inmediato o en un periodo determinado, ha dado vida a otra persona: transformó una célula minúscula en un cuerpo completito, con un complejo sistema nervioso. Lo llevó y alimentó durante 9 meses. Y ‘recuperarse’ le lleva uno o dos años, dependiendo de si uno tuvo parto natural o cesárea. ¿Por qué entonces demandarle mucho más de lo que ya está procesando a su propio ritmo?

Cierto: en el clóset suele ser más la ropa que no nos queda que la que sí. Los comentarios y desatinos del tipo “¡¿estás embarazada de nuevo?!” sobran. Da un hambre voraz. Difícilmente hay tiempo para una; ya no se diga energía para hacer algo más allá de comer lo que se pueda (a la hora que se pueda) y dormir un poco cuando finalmente el crío se ha dormido (aunque sea un rato). Y en sí, convertirse en madre revoluciona nuestras hormonas, pensamientos y emociones, de modo que uno está más sensible a muchos otros factores y situaciones.

Pero con todo, hacer las paces con el cuerpo no es una misión imposible. Nomás que desesperarse y tensarse no ayuda. Tampoco implica resignarse a vivir con todo lo subido o esos kilitos extra, pero sí comprender que todo marcha y marchará a otro ritmo. ¿Qué hacer más concretamente?

  • Aceptar y comprender de corazón que así como los días nunca volverán a ser los de antes, el cuerpo tampoco, así solo se tenga un hijo.
  • Vivir un día a la vez; momento a momento. Lidiar solo con la situación presente es una forma de no cargar pesos mentales innecesarios.
  • Enterrar el complejo de superheroína: el día no rinde para el montón de cosas que uno trae en la cabeza y criar a un hijo es una labor titánica y compleja… Está bien sentirse cansada y dejar cosas pendientes. El polvo acumulándose en el librero bien puede esperar, por ejemplo.
  • Pedir ayuda: con la labores domésticas, para cocinar o simplemente para que alguien cuide a tu bebé un ratito entre semana o el fin de semana. Así puedes darte un regaderazo con calma, salir a caminar, a pedalear, a correr o simplemente a tomar aire fresco. O echar una siesta y recuperar energía.
  • Priorizar y elegir: distinguir entre lo verdaderamente necesario e importante y lo que puede esperar hace una gran diferencia en los días, puesto que la lista de ‘por hacer’ disminuye considerablemente.
  • Recordar que el posparto no es solo un proceso físico cuya meta es regresar a tu peso previo al embarazo, sino que también implica aspectos mentales y emocionales. No está de más considerar eso que dice la terapeuta argentina Laura Gutman: que el posparto dura en realidad 2 años, y no es lo mismo que la ‘cuarentena’.
  • Comer pensando en nutrirte. Más que nunca.
  • Buscar formas sencillas de liberar tensión: desde una siesta hasta leer 15 minutos sobre algún tema que te guste y no tenga que ver con la maternidad.
  • Procurar cocinar cosas sencillas y lo más posible en un día o pedirle a alguien que te cocine uno que otro platillo a la semana; así siempre habrá algo listo en el refrigerador para cuando tengas hambre.
  • Realizar actividad física que involucre estar con tu bebé: como tener tiempo a solas se vuelve complicado, hay que adaptarse y encontrar la forma de moverse todos los días, aunque sea un poco y a un ritmo moderado en principio.
  • Sal a caminar mientras lo llevas en un fular, rebozo o en su carriola. Inscríbete en una clase de baile o yoga donde puedas llevar a tu bebé. Hazte de una carriola para corredores y sal a trotar (al menos en lo que agarras ritmo). Que ir al parque más cercano a pie sea parte de tus días, sin importar la edad de tu hijo. Consigue un asiento de bebé para la bicicleta, trépalo y a pedalear. Métete a clases de natación con él. Juega con él, pero en serio: ¿puedes pasar más de 15 minutos sin hacer otra cosa que cuidarlo o jugar con él?. Sube y baja escaleras con él. Llévalo a caminar de la mano… Siempre hay algo qué hacer de acuerdo a su edad.
  • Recordar que todo es una etapa: así como hoy tus días son un caos y el tiempo no parece alcanzarte para nada, tu chamaco crecerá e irás encontrando otros espacios y tiempos para ti.
  • Cuando sientas que es el momento, hacer una limpieza de clóset. Después de un hijo, puede que no solo no te queden algunas prendas, sino que ya no te gusten o no sientas que vayan contigo. En vez de acumularlas como tortura mental, depura lo que ya no usas y de plano no usarás y recibe con los brazos abiertos a la persona y al cuerpo que ha emergido de este gran proceso de crecimiento y aprendizaje (no, no solo son los hijos los que crecen y aprenden).
  • Tener claro que la mejor forma de enseñarle amor, paciencia y bienestar a un hijo es practicándolos una misma. Ser mamá es una oportunidad de oro para replantear cómo haces las cosas, por qué y cómo te relacionas contigo misma en todos sentidos.

Lo antes posteado:

5 acciones para que tus hijos amen su cuerpo

¿Cómo hablarle a tu hija sobre su cuerpo?

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