La gran sorpresa de ‘apestar’ en yoga

La primera vez que puse un pie en un estudio de yoga estaba lleno. Tomé el único lugar vacío —un miniespacio frente al espejo. Apenas podía respirar, sudaba a través de poros que ni siquiera sabía que tenía y cuando miré hacia arriba al espejo, vi un montón de personas en paz haciendo cosas increíbles con sus cuerpos. Me había enganchado.

Soy una persona de ‘todo-o-nada’ y no tolero ser mala en algo, lo que significa que me pongo metas con la finalidad de cumplirlas. Vaya, no me fijo metas que no puedo cumplir. Así que cuando decidí asistir a yoga con regularidad, lo hice con la intención de convertirme en la persona con la postura de arco de pie más bonita de toda la clase.

El problema era —como me di cuenta después— que era terrible para hacer yoga. Comencé a frustrarme mucho con mi cuerpo. No se doblaba como yo quería que lo hiciera. Sin importar cuánto tratara de forzar mi cabeza para lograrlo, no podía sostener las posturas. Y mi postura de arco de pie era simplemente horrible.

Esto era un ‘bache’ inaceptable. No podía luchar con cada postura básica de yoga mientras los demás estaban dos o tres niveles por encima de mí. Me había fijado una meta y debía cumplirla.

Mi primer error: bautizo de yoga en llamas

Me inscribí a la clase más larga y calurosa —90 minutos en una temperatura de 43 grados centígrados. Simplemente iba a intentarlo con más fuerza, retarme más y empujarme a ser mejor. Bautizo de yoga en fuego.

Durante los primeros 20 minutos de esa clase me di cuenta de mi error. Intentarlo con más fuerza solo exacerbó la poca preparación que tenía mi cuerpo. Cuando el instructor subió la intensidad de la postura, lo intenté y terminé por caerme. Cuando el instructor nos dijo que podíamos hacer una lagartija opcional, forcé tanto mis brazos que se rindieron.

Mientras estaba ahí recostada, decidí cancelar mi membresía. Claramente nunca iba a ser lo suficientemente buena en yoga, así que solo tenía que renunciar. Al hacer este plan, de inmediato comencé a sentirme mejor. Todo lo que tenía que hacer era sobrevivir al resto de la clase.

Desde ese momento, el instructor dijo que teníamos tres opciones: yo elegí la más fácil. A la mitad de algunas posturas simplemente colapsaba en el mat para recuperar el aliento. Cuando el instructor mostraba algo que parecía imposible, solo me quedaba sentada. Era —y por mucho— la peor yogui de la clase. Sin embargo, estaba muy cansada y acalorada para preocuparme por qué no lograba alcanzar el nivel del resto.

El (completamente inesperado) momento en el que alcancé el Nirvana

Después de pasar más de una hora en el calor, mi ropa de algodón comenzó a sentirse sofocante y opresiva. Había alcanzado tal nivel de indiferencia que me quité la playera y me paré con mi brassiere deportivo frente a 30 personas. Soy una mujer que hace todo lo posible por ocultar su abdomen, pero ahí estaba: mostrándoselo a todos sin ninguna preocupación. Ahí es cuando me di cuenta de que había alcanzado el Nirvana.

Había estado luchando tanto que en lo único que podía enfocarme era en las cosas importantes. Y ser perfecta sencillamente no era importante.

Salí de la clase sintiéndome libre por primera vez en meses. No había tensión en mi espalda, no sentía peso en mi hombros ni tenía pensamientos en mi cabeza. Finalmente había aprendido a fluir.

En lugar de cancelar mi membresía, me levanté al día siguiente y fui a clase. Puse mi mat en el piso y cuando el instructor dio tres opciones, yo elegí la más sencilla. Me salté las posturas opcionales. Hice lo menos que podía hacer.

Ser perfecto en yoga o incluso ser buena en yoga ya no era una meta para mí. En lugar de eso, empecé a enfocarme en cómo se sentía mi cuerpo, en lo que me estaba diciendo. Y una vez que lo escuché, podía darme justo lo que necesitaba.

He estado asistiendo a yoga por más de un año y cada vez que entro al salón me recuerdo que no estoy ahí para “ser buena” en algo. Estoy ahí para ser buena conmigo misma. Llego a clase sabiendo que no daré el 100%. Me gusta pensar que solo lograré el 85%. Hago lo que puedo hacer con comodidad, no más, no menos. De esta manera encuentro que cuando salgo, me siento más ligera que cuando entré.

Ser mala nunca se sintió tan bien

Me encantaría decir que al aprender a perdonarme por ser mala en yoga me ha convertido en alguien que es buena, y que al hacer el arco de pie parezco un cisne agraciado. El otro día me caí en la postura del Guerrero II, una postura que he estado practicando a diario durante casi un año. Simplemente me caí como un niño. Ni siquiera se me ocurrió sentirme avergonzada o enojada por ello. Solo me paré y lo intenté de nuevo.

Podré ser siempre mala para las posturas, pero por primera vez en mi vida me siento cómoda con mi cuerpo. Y me siento más cómoda con las fallas en todas las áreas de mi vida.

El otro día escuché a un instructor decir: “¿Sabes? Tu yoga está mejorando no cuando tus posturas son mejores, sino cuando tu vida mejora.”

Así que si vamos a juzgar con esa medida, me siento feliz de decir que he alcanzado mi meta.

Lo antes posteado:

Por que hacer yoga puede mejorar tu vida

Lo que le pasa a mi cuerpo al hacer yoga

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