Una dieta saludable no significa que tienes que renunciar a la comida que amas

En estos días, eliminar por completo un grupo alimenticio de tu dieta es una ocurrencia común. Ya sea que eliminen los carbohidratos después de las vacaciones, prueben la dieta Paleo o renuncien a los dulces por la Cuaresma, parece que conozco al menos una persona que se encuentra evitando un grupo alimenticio por una razón específica. (Los nutricionistas incluso predicen que las “dietas de eliminación” serán una de las tendencias de 2016.)

Lo entiendo— para algunas personas puede ser benéfico dejar de golpe las comidas poco saludables, ya sea por razones de salud o de pérdida de peso. También entiendo que privarte de algo que amas y dependes no es algo disfrutable.

Durante años luché con una alimentación desordenada— puedo recordar mis años en la escuela con solo enumerar lo que podía y no podía comer durante esa época. Dejé de tomar refresco por dos años, desarrollé una lista de alimentos ‘seguros’ y en algún punto empecé a vivir principalmente de frutas, verduras y sándwiches de crema de cacahuate (mi comida favorita, al día de hoy). Si alguna vez has renunciado a algún tipo de comida, sabes lo que se siente llegar a esa fecha límite. La cosa es que no solo te devorarás un chocolate o una pieza de pan— comerás todo eso como si no lo hubieras probado en meses.

Mi ayuno más memorable fue cuando no comí queso durante seis meses. No complementé mi dieta ‘veganesca’ con los nutrientes necesarios y, por supuesto, era miserable. Pero ser miserable no me detuvo. Estaba determinada a probarme a mí misma que podía renunciar a un nuevo tipo de alimentos— y adelgazar aún más. Mi motivación no era mi salud, era ser delgada.

Algunos de mis amigos y mis hermanas me hacían comentarios casuales, pero no me afectaban. Uno de los que puedo recordar vívidamente fue el de una amiga regañándome durante el almuerzo por haber dejado el queso, diciéndome que eso era malo para mi salud. Mi respuesta fue que ella estaba equivocada, que el queso engordaba. Sobre todo, recuerdo haberme puesto feliz de que alguien se diera cuenta y se preocupara. Me enfocaba en la atención que recibía, haciendo a un lado mi hambre y lo desesperada que estaba por comer queso.

Privarme de la comida que disfrutaba me hacía sentir fuerte. Organizar mi alimentación, crear nuevas reglas y darme nuevos retos que conquistar era algo a lo que no podía renunciar. Sin embargo, una vez que entré a la universidad, todo esto cambió. Después de unas cuantas noches, mis nuevos amigos cuestionaron amablemente mis porciones durante la cena (2 piezas de pan tostado). No quería que ellos pensaran que tenía un problema, así que cuando comí con ellos me vi forzada a enfrentarme (y comer) porciones reales de comida. No pasó mucho tiempo antes de que estuviera repitiendo porciones 2 o 3 veces, probando (¡y disfrutando!) nuevos alimentos que definitivamente no estaban en mi lista de comidas ‘seguras’. Naturalmente gané un montón de peso, lo cual no le hizo ninguna gracia a mi autoestima. Durante los próximos cuatro años mi peso fluctuaría según mis niveles de estrés y carga de trabajo; aun así, nunca logré sentirme saludable. Me forzaba a ir al gimnasio porque estaba comiendo o bebiendo demasiado, o también perdía peso porque dormía y comía muy poco debido al estrés. Estaba hinchada y decepcionada de mí misma, o temblorosa y preocupada por mí. No fue sino hasta después de la universidad— gracias a un horario de trabajo, una buena dosis de horas de sueño, así como menos presión por salir todas las noches— que por fin fui capaz de encontrar un balance saludable entre trabajar, comer, ejercitarme y disfrutarme a mí misma.

Ahora como y me ejercito con moderación. En la preparatoria y la universidad sabía que mis hábitos alimenticios no eran saludables. Pero no fue sino hasta después de graduarme que me di cuenta de que el constante ciclo de privación, seguido de los inevitables atracones, no era saludable, definitivamente no era divertido y simplemente no era realista. El año pasado, me prometí a mí misma que nunca más dejaría un tipo o grupo alimenticio. Claro, mis hábitos han cambiado con el paso de los años. Mientras estudiaba en París, comí como una persona francesa: dejé de comer entre comidas y dejé de tomar leche. Para mi sorpresa, aprendí que me sentía más ligera dejando de tomar varios vasos de leche al día. Solía tomar al menos una Coca Cola de dieta al día; ahora rara vez tomo una. Pero si quiero darme un gustito— una bolsa de Doritos, un vaso grande de leche con chocolate o una Coca Cola de dieta a media tarde— no me lo niego. Esa es la parte buena de vivir un estilo de vida moderado y saludable. Puedes darte un gusto, disfrutarte, ‘resetearte’, todo sin necesidad de castigarte. Lo mismo para la actividad física. No corro equis número de kilómetros por cada pedazo de pizza que me como para castigarme; corro porque me hace sentir fuerte y saludable.

¿Esto significa que constantemente llevo una dieta balanceada? No necesariamente. Desde el año pasado, me he dado cuenta varias veces que durante transcursos de 48 horas solo he comido pan y queso. Sí, me da pena admitirlo. Pero en lugar de tomar medidas drásticas y saltarme el desayuno al día siguiente, respondo como un adulto y como un poco de fruta y yogurt para desayunar, una deliciosa ensalada para el almuerzo y la vida sigue su curso.

Es por esto que me enoja escuchar a familiares, amigos o conocidos jurar renunciar por meses a alguna comida que han decidido etiquetar como ‘mala’, con la finalidad de perder peso. Sé de primera mano que encontrar el balance entre comer lo que quieres y vivir restringiéndote no es fácil. Claro, restringirte puede hacerte sentir fuerte y poderosa durante un rato. Lo que no hará es hacerte delgado o feliz instantáneamente. Y esa mentalidad ‘todo o nada’ a la que aspiramos no es realista en cuanto a nuestra dieta se refiere— sino que está destinada al fracaso. Tan pronto empecé a dejar de lado todas mis reglas respecto a la comida, comencé a comprender que no importa lo que coma—o no— mi dieta, mi cuerpo y mi vida nunca será perfecta. Y eso está perfectamente bien, siempre y cuando incluya una rebanada ocasional de pizza.

Este texto apareció originalmente en Shape Magazine y puedes leerlo en su versión completa en inglés aquí. La ilustración es de Nanna Prieler.

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