Una carta de amor para mis brazos ‘flácidos’

¿Qué te viene a la mente cuando escuchas las siguientes frases?

  • Alitas de murciélago
  • Twinkies
  • Gorditos

Sin siquiera lanzar la palabra “brazo”, estoy segura de que la mayoría de ustedes sabe de qué estoy hablando —la parte superior de los brazos. Los tríceps. Ajá, la parte de atrás de tus brazos.

O en mi caso: la parte de mi cuerpo que no me gusta que nadie vea.

De alguna manera tuve una extraña obsesión por el cuerpo de mi mamá cuando era niña; amaba lo suaves y acolchonados que eran sus brazos —como minialmohadas en las que podía recargar mi cabeza.

Ahora, cuando mi hijo de 7 años los toca y los aplasta, como si fueran Play-Doh, declarándolos “acolchonados”, suelo incomodarme mientras redirijo sus manitas a otro lugar.

Y cuando alguien me abraza y me da un apretón extra en esa parte de mi brazo, tiendo a ‘congelarme’.

¿Qué con eso?

Siempre he luchado con rollos de peso e imagen corporal, y me he perdido de varias cosas, o bien, me he hecho la vida un poco más difícil. Por ejemplo:

  • Cuando mi mejor amiga se casó y fui su dama de honor, mandé a hacer un pequeño chal con una costurera porque el vestido no tenía mangas. Porque nada es más “jovial” o “a la moda” que un chal. ¿Cierto?
  • Pasé mi adolescencia en Florida. Calor brutal. Recuerdo haber usado mucha ropa sin mangas. En su mayoría vestidos formales, mientras participaba en concursos de canto (eran los 80).
  • Soy actriz y mientras el vestuarista me tomaba medidas, intentaba convencerlo de que prefería no usar ropa sin mangas en obras de teatro, comerciales, películas o en la vida.

Pero hoy algo cambió. Algo en mí —como un switch— se encendió. Una mesa se volteó. Y terminé poniéndome una blusa sin mangas, mientras me decía a solas en mi cuarto “qué estupidez”.

Porque hablando de padecer un calor brutal, las temperaturas últimamente han estado muy elevadas. Ha hecho muchísimo calor.

Me zambullí al fondo de mi cajón de playeras y descubrí una muy linda, rara vez utilizada, gris con rayas blancas. Me la puse con una falda de algodón negro. Me miré en el espejo. “Hace mucho calor afuera y voy a ponerme esto hoy”, me dije una vez más en voz alta. Creo que me estoy volviendo loca por el calor.

Bajé las escaleras. Fui a la cafetería de la esquina con mi hijo. Comimos un bagel. ¿Y adivinen qué? No pasó nada. Usé una playera sin mangas y no pasó absolutamente nada.

Le pedí a mi hijo Sam que me tomara una fotografía. Creo que una parte de mí quería pruebas de que este día en verdad había sucedido. Verdaderamente estaba lista para criticarme cuando tomé el teléfono y miré la foto.

La cosa es que no estaba mal. Estaba bien.

De hecho, estaba bastante bien.

Así que, queridos brazos, lo siento. Les debo una auténtica disculpa. Perdón por los años que los mantuve escondidos, bajo envolturas, con mangas ¾, aun cuando hacía muchísimo calor. En verdad siento mucho ese bronceado de granjero, el cual no sé si algún día podrá ser corregido.

Prometo nunca más intentar esconderlos bajo un chal.

Y prometo intentar no ‘congelarme’ la próxima vez que alguien amorosamente me dé un apapacho amoroso mientras me toca los brazos.

Este artículo apareció originalmente en The Huffington Post en inglés y puedes leerlo aquí.

La ilustración es de Agustina Guerrero.

Lo antes posteado:

4 verdades a aceptar para mejorar la relación con mi cuerpo

10 sencillas acciones para amar a tu cuerpo, ¡ahora mismo!

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Un Comentario

  1. ladelibroabierto

    GENIALLLLLL

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