El error de descansar poco (o casi nada)

Pasa: nos involucramos en algún proyecto, puesto o trabajo nuevo y en el afán de entrarle ‘con todo’, nuestras rutinas terminan yéndose un poco al carajo (o del todo). “Es temporal”, nos decimos, “mientras nos organizamos y le agarro la onda”. O también sucede que un asunto personal nos saca de balance y el desánimo termina por descarrilarnos, sumiéndonos en esa espiral que es sentirnos apachurrados y no hacer nada para salir de ahí.

Pero pasan las semanas, incluso los meses, y lo que era ‘temporal’ ya más bien se instala a sus anchas. De pronto, comer poco o desordenadamente, dormir mal o muy poco, estar siempre de malas o irritables, cansados o hartos es… ¡Lo de todos los días! Los fines de semana no saben (puede que no vayamos a la oficina, pero nunca nos desconectemos del trabajo o nos llevemos algo de éste a casa) y el domingo en la tarde, ¡oh, depresión!, la semana empieza otra vez… Hasta que un buen día, cual olla exprés mal cerrada explotamos y queremos mandarlo todo al demonio porque ¡qué clase de vida es esa!

Y he ahí el problema de subestimar la importancia del descanso. Dejamos que nos gane la urgencia de los pendientes. La necesidad de sentir que aprovechamos el día al máximo. Que estamos conectados a tiempo completo. Así sea a costa nuestra y de nuestra salud; lo que en el mediano y largo plazo, sale peor. Es como andar acalambrado y querer seguir corriendo como si nada.

A fin de cuentas, mantener las horas de trabajo finitas cada día abona a nuestra cordura. Tener tiempo para movernos con regularidad nos permite darle balance a nuestras emociones. Dedicar los fines de semana a actividades físicas y recreativas nos nutre, despeja y refresca la mente y el corazón. Tomar vacaciones con regularidad le da mucho sentido a los días de trabajo. Pa pronto: descansar lo necesario da perspectiva y la posibilidad de enfrentar con mejor semblante lo que traiga cada día. ¿Tú descansas lo suficiente?

*La ilustración en portada es de Esther van den Berg.

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