Se vale darle el ‘sí’ a lo que antes ‘no’

¿Cuánto tiempo llevas con la misma rutina de ejercicio en el gimnasio? ¿O acudiendo a la misma clase de spinning o de yoga? ¿Corriendo o pedaleando las mismas distancias?… ¿Has dejado de sentirte suficientemente motivado o retado a nivel físico y emocional? ¿Ha disminuido tu nivel de entusiasmo a la hora de moverte o tus niveles de mal humor ya no bajan como antes, a pesar de que te mueves con regularidad?…

Justo esto último me estaba sucediendo. Llevaba varios meses con una dosis extra de energía negativa sin entender del todo por qué. Hasta que de pronto me di cuenta de que caminar y pedalear (sobre todo como medio de transporte) dejaron de ser suficiente actividad física para mi cuerpo y, por tanto, para mantener en balance mis humores (la razón principal por la que me muevo). Le di muchas vueltas al asunto y me costó trabajo decidir qué hacer, pero al final decidí hacer algo que definitivamente en otro momento no hubiera hecho: inscribirme a clases de ashtanga yoga.

Y digo que en otro momento ésta no hubiera sido la solución porque:

a) no me gustan las clases en sitios cerrados (me aburren después de algunas sesiones).

b) cumplir (o no poder cumplir, más bien) con cierto número de clases en horarios fijos y en determinado periodo, me estresa.

Entonces, ¿por qué carambas me inscribí a unas clases fijas en un lugar cerrado? Porque  irónicamente es lo que me hace falta en esta etapa: agendar sí o sí una junta con mi mente y mi cuerpo (algo que estaba dejando para cuando hubiera chance) al menos un par de veces por semana y así, ‘obligarme’ a organizar mejor mis días. Y porque se trata de un tipo de yoga que implica un tremendo reto físico y mental, en cuyo camino creo que puedo aprender muchísimo en varios sentidos. Además de ser una práctica que, en algún punto, también puedo realizar en casa y bajo mis propios horarios.

¿Lo mejor? Después de algunas sesiones, puedo decir que estoy muy contenta de haberme animado. No solo mejoró mi humor y siento mayor energía, sino que algunos otros hábitos que estaban medio descarrilados o descarrilándose, han vuelto al riel.

Y me queda claro (oootra vez), que esto del bienestar propio es una labor constante, en la que no hay “fórmulas eternas” y a veces es necesario cambiar de opinión y probar algo que antes no hubiéramos aceptado. Finalmente, todo tiene su momento: antes, me hubiera plantado en el mat de yoga con demasiada autoexigencia y necesidad de lograr las posturas a la de ‘ya’ (como lo hice hace algunos años), pero ahora me he permitido esforzarme sin recriminarme ni extralimitarme. Gozar la práctica, sin compararme con el de junto o con el instructor. Ahora, pienso en ese espacio de hora y en la secuencia de posturas a trabajar y con las cuales familiarizarme, y sonrío. Me emociono. Incluso a sabiendas de que ‘conquistarlas’ es cosa de tiempo y paciencia.

*La ilustración en portada es de Phil Jones.

Lo antes posteado:

Esto es lo que se requiere para cambiar un hábito

¿Puedes cambiar de la noche a la mañana tu alimentación?

 

 

 

 

 

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